7 may. 2018

Las 51 iglesias de Wren: Variaciones sobre un tema en el Londres Barroco (Primera parte)


Grabado que presenta algunas de las torres-campanario de las iglesias de Wren. Tras ellas, la impresionante silueta de la catedral de St. Paul.
El arte puede alcanzar mayor expresividad en la intensidad de los matices que en los gestos grandilocuentes. En estas ocasiones, produce más emoción descubrir las leves modificaciones que presenciar cambios radicales. Desde las Variaciones Goldberg de Bach a la serie sobre la catedral de Rouen de Claude Monet, muchos artistas han explorado el mundo de las “variaciones sobre un tema”. La arquitectura, sobre todo desde los conceptos de tipología y estilo, también crea esas fascinantes y ligeras mutaciones.
Una de las muestras más sorprendentes de variaciones arquitectónicas son las 51 iglesias parroquiales que sir Christopher Wren proyectó en la City londinense entre 1670 y 1695. Las circunstancias, el tema, el método y su concentración en un espacio limitado las convierten en un caso excepcional. Únicamente sobreviven 30 de ellas, algunas conservan solo la torre-campanario y otras presentan remodelaciones importantes, pero 13 siguen manteniendo la forma original.
El artículo tiene dos partes. En esta primera nos acercaremos al concepto de variación y al contexto del barroco arquitectónico inglés. En la segunda entrega profundizaremos en los edificios y propondremos una ruta para recorrerlos.

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Las variaciones sobre un tema como recurso artístico.
El arte puede alcanzar mayor expresividad en la intensidad de los matices que en los gestos grandilocuentes. En estas ocasiones, produce más emoción descubrir las leves modificaciones que presenciar cambios radicales.
Desde luego, hay artistas proteicos, geniales, que se alimentan del cambio constante y que persiguen la innovación sin detenerse a agotar todas las posibilidades de sus descubrimientos. Podemos pensar en Miles Davis, en Picasso o en Le Corbusier. Todos abrieron caminos que otros se encargarían de explorar en profundidad, mientras ellos perseguían nuevos retos.
En ciertos casos, los creadores que fueron capaces de encontrar ese lenguaje propio cargado de horizontes lejanos, no renunciaron a rastrear sus límites e insistieron pacientemente en encontrarlos. Aunque, en ocasiones, esa rotunda identidad podía convertirse en una jaula dorada de la que no lograrían salir (muy a su pesar para algunos). Puede servir como ejemplo arquitectónico la obra de profesionales tan prestigiosos y predecibles como Richard Meier o Frank Gehry.
No obstante, una gran mayoría de autores sigue las sendas apuntadas por los grandes genios, limitándose a reiterar los modelos a través de versiones más o menos afortunadas, exprimiendo una idea básica, que es llevada hasta el máximo de sus posibilidades. Entramos en el mundo de las variaciones sobre un tema, algo bastante habitual en la música y en las artes plásticas.
Ciertamente, la música es una de las artes que aprovecha en mayor medida el recurso a la variación. De hecho, casi podría decirse que ha llegado a constituir un género en sí mismo, integrado por composiciones que contienen una melodía de base (por lo general sencilla y fácil de recordar) que es sometida a un proceso de repeticiones, cada una de las cuales va incorporando cambios en alguno de sus elementos fundamentales (como el ritmo, el tempo, la estructura, el timbre, la instrumentación, la armonía, etc.). El tema original se convierte así en el sustrato que unifica a todas las variaciones, quedando enlazadas o relacionadas, aunque presenten diferencias apreciables. Podemos pensar en Johann Sebastian Bach y sus Variaciones Goldberg; en Beethoven y sus Variaciones Diabelli; o en Brahms que experimentó variaciones sobre un tema de Haydn, entre los muchos ejemplos existentes.
Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Inicio de la partitura de la primera variación.
También, como decimos, la pintura cuenta con excelentes ejemplos que se han ocupado en mostrar la matizada variabilidad de la realidad. Sobre todo, a partir de que esa realidad entró a formar parte de la temática pictórica. El paisaje y sus formas sufren ligeras variaciones de luz y color a lo largo del tiempo, reflejando las horas del día, las estaciones o el impacto de los fenómenos meteorológicos. Por eso, a partir del Impresionismo, las variaciones temporales se convirtieron en un tema específico de la pintura. Entre los ejemplos más conocidos se encuentra la serie de 31 lienzos que realizó Claude Monet entre 1892y 1894 sobre la fachada de la catedral de Rouen. En ellos, el maestro impresionista pretendía captar los tenues cambios de luz producidos por el transcurrir del día o los efectos de la meteorología cambiante sobre la fachada principal del templo. También la repetición matizada se convertiría en un asunto principal dentro del estilo pop (solo hay que pensar en las famosas series de Andy Warhol)
Imágenes de la serie realizada por Claude Monet sobre la fachada de la Catedral de Rouen.
Pero no solo la música y la pintura fundamentan algunos de sus caminos creativos en la variación. También la arquitectura, sobre todo desde los conceptos de tipología y estilo, origina esas fascinantes y ligeras mutaciones surgidas a partir de la reelaboración de una idea básica. Los tipos edificatorios fijan las claves programáticas y funcionales, incluso compositivos o materiales, para que sean adaptados a las circunstancias específicas de cada localización. De esta forma, a partir de un sustrato fundamental, surgen los matices. También el estilo insiste sobre la misma cuestión, en este caso de una manera más transversal, afectando a todos los tipos, al proponer unos recursos de diseño específicos. Esto no significa repetir, sino ofrecer una identidad diversificada, que extiende un “aroma” familiar que nos permite captar tanto el sustrato invariable y sus pautas como las transformaciones que lo matizan.
Variaciones arquitectónicas en las torres-campanario de las iglesias parroquiales de Wren. De izquierda a derecha y de arriba abajo: St. Dunstan-in-the-East; St. Magnus the Martyr; St. Bride; St. Mary-le-Bow; St James Garlickhythe; y Christ Church Greyfriars.
Una de las muestras más sorprendentes de variaciones arquitectónicas son las 51 iglesias parroquiales que Christopher Wren proyectó en la City londinense entre 1670 y 1695. Estos pequeños templos tuvieron una génesis muy particular, que las convierte en un caso excepcional. Desde luego, por la catástrofe que las puso en marcha (el gran incendio de 1666 que destruyó casi la totalidad del antiguo Londres); pero también por el tema, que buscaba un espacio novedoso para la liturgia protestante; y por el singular método de trabajo (variaciones y combinaciones a partir de una serie de elementos fundamentales); aunque, sobre todo, por su concentración en un espacio limitado, la City, que ofrece la posibilidad de visitarlas todas con un recorrido que no llega a los siete kilómetros. Únicamente sobreviven 30 de ellas, algunas mantienen solo la torre-campanario y otras presentan remodelaciones importantes, pero trece de ellas conservan la forma original.
Las iglesias parroquiales de Wren se encuentran “escondidas” entre los monumentales edificios y los rascacielos de la City londinense. En la imagen, St. Magnus the Martyr.
Proponemos una ruta que se inicia y finaliza en la catedral de St. Paul, la obra maestra de Wren que se nutrió de la experimentación realizada con aquellas iglesias parroquiales. Pero antes de acercarnos a descubrir esas pequeñas joyas que se encuentran escondidas entre los monumentales edificios y los rascacielos de la City londinense, nos aproximaremos al contexto histórico y artístico en el que fueron engendradas.

Una aproximación a la arquitectura y al urbanismo del Barroco inglés.
Paradójicamente, el periodo barroco inglés se inicia con el “descubrimiento” del Renacimiento italiano. La irrupción del “clasicismo” cerraría la etapa previa caracterizada por la influencia de las formas nórdicas y medievales. El nuevo estilo, con las singularidades que iría adquiriendo con el tiempo, estaría vigente durante los siglos XVII y XVIII, hasta la irrupción del romanticismo y del Gothic Revival.
La arquitectura inglesa tuvo una evolución particular, en gran parte debido al proverbial individualismo de las islas, pero también por otras razones. Frente a lo que era habitual en la Francia de Luis XIV o en la Corte pontificia de Roma, el arte no fue un instrumento de gobierno, sino que los encargos procederían mayoritariamente de la nobleza y de los enriquecidos comerciantes, hecho que marcaría una impronta distintiva. Además, hay que recordar la separación de la iglesia que había promovido el rey Enrique VIII entre 1533 y 1534, de forma que la nueva iglesia anglicana se convirtió en una iglesia nacional, autónoma de la católica de Roma (que vio, entre otras cosas, como sus monasterios, terrenos y tesoros pasaron a manos de la nobleza y la Corona). Durante esos primeros siglos, hubo numerosos conflictos entre católicos y protestantes, que redujeron el protagonismo de la iglesia como comitente, algo muy alejado del esplendor y la ostentación de la iglesia de la Contrarreforma.
Más allá de la importante cuestión religiosa, los acontecimientos históricos de ese periodo resultarían determinantes para la evolución artística. El siglo XVI se inicia con la entronización de la Casa de los Estuardo (1603) ya que la última reina Tudor, Isabel I, había fallecido sin descendencia. El absolutismo del segundo Estuardo, Carlos I, provocó una Guerra Civil y que llevó a la ejecución del monarca en 1649. La monarquía fue abolida y el país se convirtió en una república bajo el mando de Oliver Cromwell. La muerte de este dejó el poder a su hijo Richard Cromwell, quien no pudo conservar el denominado Protectorado más allá de 1660, fecha de la restauración monárquica en la persona de Carlos II, quien tuvo una mejor convivencia con el Parlamento. Pero con Carlos II y especialmente con su sucesor Jacobo II se mantendrían fuertes disputas religiosas entre catolicismo y protestantismo, y tensiones entre la Corno y el Parlamento que acabarían en la “Revolución Gloriosa” (1688), que tendría como resultado el predominio de la iglesia anglicana y el Parlamento. En el año 1714 se produciría un cambio dinástico con el establecimiento de la Casa de Hannover (cuyos reyes verían disminuir cada vez más el poder de la monarquía en favor de los gabinetes ministeriales). La ilustración y, sobre todo, la Revolución industrial supondrían el ascenso de Inglaterra hasta convertirse en potencia mundial.
En este contexto, la arquitectura del barroco inglés suele dividirse en tres periodos:
El “palladianismo” representado por Inigo Jones (aproximadamente los dos primeros tercios del siglo XVII)
El barroco propiamente dicho, propuesto por Christopher Wren y su entorno (especialmente a partir del gran incendio de Londres 1666)
El “clasicismo depurado” durante el siglo XVIII, arrancando con el “neopalladianismo”, vinculado a Lord Burlington y a William Kent, y terminando con el Neoclasicismo de Robert Adam. Un periodo que alumbró también el modelo de jardín paisajista inglés.
El responsable del viraje estilístico de la arquitectura inglesa hacia el clasicismo fue Inigo Jones (1573-1652), un pintor y escenógrafo que quedó deslumbrado durante el viaje que realizó a Italia en los años 1613 y 1614 y, en particular, por la arquitectura de Andrea Palladio. Fascinado por la pureza, por la armonía de aquellos edificios, Jones llevaría a las islas británicas el estilo que iniciaría la primera época del barroco inglés, caracterizada por la liberación de la arquitectura de las “servidumbres” nórdico-medievales y la emulación palladiana. La renovación del lenguaje arquitectónico tuvo muestras tempranas como la Queen´s House, el palacio de la reina en Greenwich, realizado por Jones entre 1616 y 1635. Este edificio se distanciaba radicalmente de las, hasta entonces, vigentes formas tardo medievales para enlazar con el estilo de las villas italianas con referencias hacia las de la familia Medici o las construidas por Vincenzo Scamozzi. Ahora bien, Inigo Jones realizaría una interpretación muy personal de los modelos, manifestando una gran ausencia de prejuicios, sobre todo al fijar las proporciones de los diferentes elementos. 
Arriba, Queen´s House, el palacio de la reina en Greenwich. Debajo, Banqueting House en Whitehall.
El nuevo estilo, que bebía de la fuente palladiana, se consolidaría con obras siguientes como el Banqueting House en Whitehall (iniciado en 1619) o la Queen`s Chapel (1623-1627) del palacio de St. James. También la ciudad de Londres recibió aquellas influencias: Inigo Jones trabajó en Covent Garden proponiendo la primera plaza urbana monumental flaqueada por edificios con carácter unitario (seguramente influenciado por la Place des Vosgues parisina realizada veinticinco años atrás). Jones fue la estrella indiscutible de un periodo del que solo pueden reseñarse unos pocos arquitectos más, siempre vinculados de alguna manera al gran maestro. Son los casos de Isaac de Caus (1590-1648), John Webb (1611-1672) o Roger Pratt (1620-1684).

La segunda fase, el clasicismo de signo romano, tendría como estrella indiscutible a Christopher Wren (1632-1723). La evolución del estilo tuvo unas causas relacionadas muy directamente con el clima “pro-Vaticano” que aparecería en el protectorado de los dos Cromwell y en la restauración monárquica. En ese tenso ambiente se produjo el desastre de 1666. El pavoroso incendio redujo a cenizas unos 13.000 edificios, la catedral y 87 iglesias parroquiales de las 107 existentes en el antiguo Londres. Carlos II impulsó la renovación de la City, aunque no consiguió sus propósitos iniciales, sobre todo por el divorcio entre los intereses del poder y de la burguesía respecto a la ciudad (ver Los dos renacimientos de la City de Londres: tras el incendio de 1666 y después delBlitz).
Wren había sido un autodidacta que comenzó a destacar con obras como el Sheldonian Theatre (1662-1663) o la Pembroke College Chapel (1663-1665), pero sería un viaje de estudios por los Países Bajos, Flandes y Francia, así como el contacto con Mansard, Le Vau o Bernini, lo que acabaría de fijar sus ideas renovadoras. El gran incendio se convertiría en una oportunidad para desarrollar sus propuestas. Nombrado “surveyor” de la reconstrucción, Wren participó en el fallido concurso para la reestructuración de la ciudad, y recibió el encargo de levantar (o rehabilitar, en algún caso que sobrevivió a duras penas a las llamas) 51 iglesias parroquiales, en las que trabajo durante 25 años, entre 1670 y 1695 y, sobre todo, su gran obra: la reconstrucción de la catedral de St. Paul (cuyos trabajos se prolongaron entre 1675 y 1711). 
La punta de la torre de St. Bride, una de las 51 iglesias parroquiales de Wren, lucha por destacar dentro del denso contexto construido que la acompaña.
Catedral de St. Paul
Estas obras consagrarían a Wren como uno de los más grandes arquitectos de la historia inglesa. Wren realizaría otras construcciones magníficas como Hampton Court (1689-1692), que fue el “Versalles” de la casa real inglesa, o el Greenwich Hospital (comenzado en 1695) que se convertirá en uno de los hitos culminantes del barroco inglés.
Arriba, Hampton Court. Debajo, Greenwich Hospital.
Greenwich Hospital sería concluido por dos discípulos de Wren que emprenderían su propio vuelo a partir de entonces: John Vanbrugh (1664-1726) y Nicholas Hawksmoor (1661-1736). Vanbrugh y Hawksmoor llevarían el barroco de Wren a dimensiones más monumentales con grandes encargos, posibles gracias a la paulatina consolidación de Gran Bretaña como potencia mundial. Ambos trabajaron en Castle Howard y en Blenheim Palace, aunque cada uno con su propia misión. Vanbrugh destacaría también por Seaton Delaval (1718-1729) y Hawksmoor por su revisión de la arquitectura religiosa en varias iglesias para Londres, destacando St. Mary Woolnoth (1716-1727). 
Arriba, Castle Howard. Debajo, Blenheim Palace.
Otros arquitectos que seguirían la senda marcada por Wren serían Thomas Archer (1668-1743) o James Gibbs (1682-1754), quien por edad conviviría con los representantes del tercer periodo, significando una excepción a la corriente neopalladiana. Entre sus obras caben destacar St. Mary-le-Strand (1714-1717), St. Martin-in-the-Fields (1721-1726) o Radcliffe Camera (1737-1749), la biblioteca de la Universidad de Oxford.

El tercer periodo buscaría un clasicismo depurado” y comenzaría con el “neopalladianismo”, que sería abrazado por la generación posterior a Vanbrugh y Hawksmoor, alejándose del ideario de Wren y propugnando una arquitectura más austera. El cambio no sería ajeno a la situación política que siguió a la “Revolución Gloriosa” que establecería el protestantismo como credo oficial, acabaría con la monarquía absoluta y asentaría la democracia parlamentaria moderna inglesa (con la alta burguesía y los grandes propietarios dominando el panorama político). Además, vería la llegada al trono inglés de la Casa de Hannover en 1714 asentando la sensación de época nueva.
La aparición en 1715 y 1717 de los dos tomos del Vitrubius Britannicus (el segundo incorporaba una traducción de los Quattro Libri dell’ Archittetura de Palladio), así como la publicación de dibujos de Inigo Jones, sería muy influyente para la nueva etapa. El gran impulsor de la recuperación de Palladio sería Richard Boyle (1694-1753), arquitecto y tercer Earl of Burlington, que había bebido directamente de las fuentes palladianas en Italia. Tanto Lord Burlington como William Kent (1685-1748) se implicaron en la recuperación de la tradición iniciada por Inigo Jones, colaborando en obras tan representativas como la Chiswick House, en Middlesex (1727-1729) o Holkham Hall en Norfolk (comenzada en 1734).
Arriba, Chiswick House, en Middlesex. Debajo, Holkham Hall, en Norfolk.
La depuración de las formas sería más drástica con arquitectos como Robert Adam (1728-1792), el más relevante de finales del siglo XVIII, quien rechazaría el palladianismo, pero sin abandonar su pasión por la antigüedad romana. Adam viraría el estilo inglés hacia un neoclasicismo más exquisito, caracterizado por fuertes contrastes entre la diversidad de formas, todo ello dentro de una estética pintoresca (que le llevaría, paradójicamente, a ser un precursor del Gothic Revival). Contemporáneos destacados serían William Chambers (1723-1796), autor de la Somerset House de Londres, uno de los hitos del neoclasicismo inglés, o James Wyatt (1746-1813).
Este tercer periodo, que suele etiquetarse como “arquitectura georgiana” (en referencia a George, el nombre de los cuatro monarcas de la casa Hannover que reinaron entre 1714 y 1830) también tendría influencia en los planteamientos urbanos. Sobre todo, gracias a la obra realizada en Bath por John Wood I (1704-1754) y John Wood II (1728-1781), y concretamente con el monumental Circus (JW I, 1754) o con el espectacular Royal Crescent (JW II, 1767-1775).
Además, a mediados del siglo XVIII, surgirían nuevas ideas que modificarían radicalmente la relación entre el ser humano y la naturaleza. Nació entonces una sensibilidad novedosa hacia el paisaje, en la que el individuo y el entorno se relacionarían de una manera mucho más libre. El modelo de jardín paisajista inglés supuso una propuesta alternativa e innovadora que se alejaba de las imposiciones geométricas que procedían, sobre todo, del jardín clásico francés, y de la densidad culturalista y simbólica de los jardines italianos. La jardinería inglesa reivindicaría el valor del paisaje por sí mismo, caracterizado por la libertad dispositiva de la naturaleza (aunque era más aparente que real) y por la primacía de las percepciones humanas individuales (ideas que ya se encontraban en el pensamiento de Andrea Palladio, el gran inspirador de la arquitectura barroca inglesa)

(continúa en la segunda parte)

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